"Cuando se dice "No juzguéis si no queréis ser juzgados", esto no significa que no debamos utilizar la capacidad de discernimiento que Dios nos ha dado para juzgar las cosas correctamente, si no tan sólo que no debemos dejarnos llevar por la pasión hasta condenarlas injustamente. El sentido es: juzga como tú mismo desearías ser juzgado, es decir, desde el punto de vista de la verdad y con la mayor indulgencia posible; no digo: con toda la indulgencia, pues nunca hay que permitir que el amor al prójimo desvirtúe la verdad."

Es uno de los fragmentos de la obra "Meditaciones de viaje" que escribió Frithjof Schuon y que edita Olañeta. Fue un regalo inesperado, pues no es intrínseco al hecho de regalar la desesperanza o esperanza de ser regalado. La obra es un compendio de textos extraídos de sus viajes, tanto exteriores y físicos como interiores y oníricos. Muy sencilla y corta, perfecta para una tarde de domingo con ganas de aproximarse a ese "yo" tan complejo en ocasiones.

El texto seleccionado de la obra me gustó no por el sentido en sí y la intención per se del autor (siempre reseñando que Dios y su deidad son la pura Realidad y lo demás interpretaciones variables y, por tanto, frágiles en su definición). El texto me gustó por la duda que plantea: ¿Es tan justa la justicia?. No quiero politizar con esto y abrir un debate entre Rousseau y Hobbes propio de eruditos y entendidos en la materia. No. No es de interés. Mi deseo es abrir un debate en el cual seamos capaces (haciendo uso de nuestra interpretación) de ser juez y parte. Ser el juez de un caso en el cual sea una persona querida la juzgada. Tan querida que la decisión y el veredicto final sean una disyuntiva moral: ¿indultamos por el amor al prójimo o juzgamos impunemente sin dejar que la compasión hacie ese ser querido delibere en nuestro fallo final?

Fdo. Adrián H.