Cuando dios se equivoca
el 21 nov En: Relatos cortos - sin comentarios
No es novedad ni ilumino a nadie cuando hablo de las diferentes versiones que existen sobre la disolución de los Beatles. Fama, dinero, mujeres y un largo etcétera que recorre las miles de páginas escritas ya sobre este tema tan usado. No pretendo polemizar sobre el origen de la ruptura y, mucho menos, juzgar las razones por las cuales unos se fueron a la India, otros a Nueva York y otros, simplemente, acudieron a la música como vía de escape ante todo lo que les acontecía.
Conocí una vez a un tipo llamado Edgar Prúden (el acento lo lleva porque, según él, la gente cuyo apellido tiene acento tiende a ser diferente al resto de forma cualitativa). Lo conocí en el café Mash, situado en el paradisíaco Albert Dock de Liverpool. Yo tomaba un café con leche y él un té de limón. Me habló de maravillas exquisitas y recónditas del cuarteto fantástico. Los sueños de Paul, las salidas de tono de Ringo, los despropósitos de John o la timidez de George. Yo me dedicaba a escuchar, cegado por el uso de las palabras y aquel tono de voz que parecía estar de viaje entre Manchester y Edimburgo.
A mitad de la conversación, coincidiendo con la llegada de algunos aficionados de fútbol a aquel café, paró a medir sus palabras. Miró hacia el muelle y dijo: "En la vida uno anda creyendo que debe estar más cerca de los Beatles y al hacerte viejo, querido amigo, uno se da cuenta que el verdadero sentido está en acercarte un poquito más a John Lennon".
No comprendía nada. Pensé que estaba cegado por la figura de aquel irreverente con gafas y que era capaz de medir, cualquier cosa, en direcciones proporcionales a los Beatles, como si un vaso de agua medio lleno fuera catalogado como el Sargento Peppers y, al quedar medio vacío, Abbey Road. Tampoco conseguí montar en mi cabeza una contraoferta de peso como para discutir aquel argumento con cierta autoridad. Seguí observando y continué escuchando todo lo que tenía que contarme.
Me di cuenta que su té se había terminado hacía un tiempo y que mi café, por mucho inglés que fuera, era completamente agua. Nos despedimos con un apretón de manos y un atractivo "bye, man!" que me hizo creer, al menos por un instante, que dominaba una lengua que desconocía por completo. Aquel hombre de traje gris se fue por su camino, bordeando el muelle más importante de la ciudad -o al menos eso dicen sus habitantes-.
Al regresar de mi viaje investigué sobre aquella figura tan extraña como fascinante. Edgar Prúden, natural de Comodoro Rivadavia, al sur de Argentina. Había sido manager y promotor musical entre los años cincuenta y finales de los setenta. Gran conocedor de la historia del rock&roll, admirador de gente como Elvis, Buddy Holly, Chuck Berry, Little Richards, Johnny Cash o Bob Dylan (Zimmerman, como le gustaba llamarle). Tenía algunas obras y ensayos escritos sobre la vida de viejos rockeros pero no encontré nada sobre los Beatles. No parecía ser un erudito en la materia al revisar su bibliografía.
Compré una de sus obras titulada "La sombra del caballero y su guitarra de seis cuerdas". En ella desarrollaba la idea de que un grupo de música no podía estar únicamente compuesta por buenos músicos como si de una orquesta se tratara. En toda formación debía existir una figura por encima de las demás. Un líder carismático que, sin duda, guiara a los demás. "Mucha gente come demasiado pero solo uno come lo que quiere" rezaba la frase final de aquella pequeña obra.
Entendí, finalmente, que aquella frase que escondió en una taza de té con limón sobre el sentido y las aspiraciones del camino, no era propia de un absurdo melómano sintomático, cegado por la imagen de John Lennon. Comprendí, entonces, que persigues toda la vida tener el éxito que estabilice y calme la sed de tus deseos, apoyándote en grandes músicos que compongan tu día a día pero al final, sin mirar atrás, te retiras a encontrarte contigo mismo porque aquella orquesta tan bien concertada, jamás dejó escuchar la canción triste y solitaria que suena en tu interior.
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